viernes, 17 de abril de 2009

Salomé


Anoche fuimos la macha y yo a ver Salomé. Obra de Oscar Wilde dirigida por Luis Carlos Vásquez y presentada en La Aduana.

La obra
La obra es una tragedia en la que Wilde reversiona la historia bíblica de la decapitación del Bautista. En esta, más que las instigaciones de Herodías, esposa adúltera de Herodes y madre de Salomé, es el amor obsesivo de la segunda hacia Iokanán (Juan el Bautista) lo que la mueve a solicitar la cabeza del bautista a cambio de un baile tipo strip tease, o sea, la muchacha por despecho manda a matar a Juancito. Es una obra de orden simbólico, ahí está el ángel negro de la muerte revoloteando por todo el escenario, la luna roja en un cielo oscuro y una serie de malos augurios entrelazados en diálogos extenuantes del tipo: -“Qué extraña está la luna, pálida como la mano de una muerta, como la cal de los cementerios”- y así en una seguidilla de símiles que me suda el sobaco. Wilde es maravilloso con las agudezas de Lord Henry, o en sus comedias sardónicas que ya sabemos. Parece que en su época tuvo inconvenientes con la censura para poner esta obra en escena y donde la puso, las críticas favorables tenían más que ver con la figura de Wilde que con la obra en sí.

Puesta en escena
Ojo que yo, antes que crítico de teatro mejor me dedico a comer maní. Sin embargo les voy a contar lo que nos pareció la puesta en escena de este señor Vásquez. Por momentos a la obra le cuesta mantener la atención, en el sentido de que hay varias acciones, digamos importantes, sucediendo al mismo tiempo en sitios distintos del escenario por lo que uno no sabe adonde poner los ojos, sobre todo porque mucho del simbolismo del que hablaba está puesto en los gestos de los personajes que en ese momento no están en escena, o sea están en silencio, fuera de foco, pa’ usar términos del cine. Otras igual solo que la acción que va hilando la narración sufre de otras que distraen al público. Las coreografías, a cargo de Humberto Canessa, a veces también resultan en factores de distracción y como que dejan la sensación de estar de relleno. Hay un uso más bien pobre de un proyector, desde el cual al principio, como en el cine, sale el título de la obra en letras de fuego, luego solo se usa para proyectar la luna y al final para pasar unos chorretes de sangre que me parece más bien le quitan peso al resto de elementos bien jalados, como el vestuario y la escenografía. Será que soy un cavernícola, pero la luna hubiese estado mejor si se bretea con cambios de luces y esas cosas.
Los actores en general convencen, sin embargo el personaje mejor jalado es el de Herodes Antipas que interpreta un señor, Rodrigo Durán Bunster. En él se representa el poder absoluto en un aura de embriaguez embrutecida y de desahucio. Herodes cambia de estados anímicos constantemente porque él así lo decide, porque puede hacerlo. Tiene también la ingenuidad de los poderosos, en un momento manda a prohibir que ese tal mesías (jesús) ande por ahí resucitando muertos, que está bien que cure a los leprosos y a los ciegos, pero que de ninguna manera resucite muertos, sería terrible que volvieran los muertos, se dice con temor. Estos, claro, son virtudes de los diálogos de Wilde, que también tiene sus juegos paradójicos: ¿Por qué he dado mi palabra? Los reyes no deben dar su palabra, es funesto si no la cumplen, y mucho peor cuando lo hacen- se dice Herodes luego de la petición de Salomé.

Rocío Carranza
No hay que ser mojigato, uno de las motivaciones para ir a ver la obra fue el tan anunciado desnudo de Rocío Carranza (está buena la muchacha). Lamentablemente, ya viendo la obra parece que esa fue también la intención del director. La actuación de ella es flojita al principio, repite partes del diálogo, o sea que olvida otras, además hay que acostumbrarse al timbre de su voz que es como un chirrido de metales. Sin embargo conforme va avanzando el asunto como que va entrando en calor y si se notan sus habilidades de actriz. El personaje de Salomé representa la sensualidad y el capricho. Su capricho es besar los labios de Iokanán y su sensualidad el medio que le permite agenciarse tal capricho. El momento en que Salomé le exige a Herodes que cumpla su promesa luego del baile (Herodes teme a Iokanán) es un momento de mucha tensión que sin dudad es dada en su totalidad por la actuación de Rocío. El personaje está poseído por su amor obsesivo que se ha tornado en odio (menudo culebrón). Una vez le traen la cabeza del bautista ella danza con esta en frenesí y besa su boca. Tu boca es amarga Iokanán, he besado tu boca, quizá el amor sea amargo… pero ya que importa.

El desnudo
Rocío logra momentos de morbo y sensualidad que van definiendo al personaje durante la obra, con gestos, y roces de manos por sus senos y su entrepierna. Al final del famoso baile de los siete velos termina en un desnudo frontal completo de escasos segundos que se siente forzado (esto ya es cosa del director, no de Rocío), no tiene el menor peso dramático y es prontamente cubierto por un grupo de bailarinas cuya única función en le escena es esa, tapar la desnudez del personaje. Por eso digo que el desnudo me parece un artilugio que sobra, quizá un topless hubiese estado más acorde dentro de esta puesta en escena en particular.
Claro esto es pensando la obra como un todo coherente, porque de que el desnudo se disfruta se disfruta. Está muy guapa la Rocío, tiene un culito blanco de lujo que cuando baila dilata las pupilas.

Igual fue una noche bonita de verano, hace mucho no íbamos al teatro, después nos fuimos a comer una pizzita y a comentar un poco de lo que aquí he puesto y todo bien.

2 comentarios:

Jenaro Comemaíz dijo...

Debo confesar que soy una víctima de esa estratagema publicitaria del desnudo!! Aún no he ido pro iré

Lola Mena dijo...

Bueno, tendré que ir pos!. Además, cuando ingresé a la U, nunca olvidaré que habíamos un número considerable de "adictos" al contoneo y porte de la Rocío, cuando esta se deslizaba -cuasi levitaba, para mi- por los alrededores del pretil.