viernes, 1 de agosto de 2008

La Divina Paloma

Doble Filo


por Edgar Espinoza
Voy a explicar cómo funciona este Gobierno. Dentro de su particular concepción del poder, Oscar Arias no ejerce como presidente de la República sino como deidad. Por sus lauros, por tanta foto suya con celebridades mundiales y por la imagen que tiene de sí mismo, él pertenece más a un reino que a algo tan profano como un gobierno.
A su diestra, Rodrigo, el gran hermano, es su agente terrenal, el arcángel de la espada llameante que, entre pitos y flautas, baja esporádicamente a la llanura nimbado de poderes generalísimos a vérselas con este incómodo rebaño descarriado llamado país, que cuestiona, que critica, que presiona, y al que hay que sosegar para que su impertinencia no perturbe la santa paz de las alturas.
En su afán de fortalecer aún más el divino tablado, a la sazón confortable, espléndido y gratificante, en las últimas semanas el Sagrado Binomio introdujo una novedad: bendijo a Laura Chinchilla como precandidata al reino, de modo que con un poco de maná celestial y algo de suerte se pueda convertir en su prolongación ad infinitum o, al menos por cuatro añitos más, en el solio providencial.
No es difícil imaginar un día en la vida de Oscar como leyenda viviente. Por ejemplo, mientras Rodrigo se apaña con los bellacos que censuran la santa voluntad arista de pagar a gente de su círculo seráfico con fondos de arcas donde hasta el justo peca, él recibe en su templo a Mel Gibson, al Chavo o a Alejandro Sanz. Mientras Rodrigo lidia con los opositores, disimula las gracias del reino y apechuga con la feligresía disconforme, él lee a Malthus, se iguala a Rembrandt y llama por teléfono a Sarkozy o a Zapatero, para revelarles la fórmula mágica de una Unión Europea perfecta.
Se ha sofisticado tanto que ya hay más consultores que serafines en su seno. Se ha encumbrado tanto que ya no le desvelan los enredos de palacio. Se ha aquerenciado tanto con el poder que cuando visita otros reinos ya no le delega el suyo a la vicepresidenta. Se ha vuelto, en fin, tan quisquilloso, que hasta parece tener heraldos en la prensa a su servicio.
Y cuando entre arpas y trompetas desciende (los pitos y flautas son para Rodrigo), sobreviene de inmediato la transubstanciación: disfrazado de bombero, chef o lo que le encaramen, firma decretos; se autoglorifica con cadenas nacionales de televisión pródigas en imágenes de su apostolado, y besa con rostro mesiánico a su grey, la misma que, aún con la mano extendida, espera hechos y no discursos.
Pero no hay nada que hacer. Oscar está tan entretenido en su nube, que ya ni escucha las súplicas para que gobierne en vez de reinar, para que aterrice en vez de soñar, para que se sienta ser humano en vez de mito, y para que hunda sus manos en las urgencias del país en vez de pavonearse entre el protocolo y la lisonja, la foto y el halago, la adoración y el espejo.

3 comentarios:

Jenaro dijo...

Supongo que este no es el Edgar Espinoza que redita las excesivas caderas de Pilar Cisneros!!! Es el otro Edgar Espinoza

Pelele dijo...

Por eso uno piensa política e inmediatamente hay que taparse la nariz porque empieza a desatarse la fetidez mental. Política y mierda, sin duda la palabra mierda es más hermosa. ¿Qúiénes se creen estos señores? Si no son más que un par de empleados que deben hacer lo que se les manda que es eso, gobernar, mientras nosotros nos dedicamos a cosas más importantes. Malditos mandadores de estibadores de caña que nos están mandando a la porra. Tan feítos y tan cara su ropita. Prontos a la muerte y sin un buen recuerdo que dejar. Administradores de corbatas de 500 dólares con su séquito de limpiaparabrisas, nada más.

C.A. Fallas dijo...

Y qué decir...... la política se ha convertido en una tierra extraña en donde sólo nos queda quejarnos, es decir la sociedad civil es algo así como la cartulina amarilla de Informe 11... y les aseguro que nos dan la misma pelota