viernes, 8 de octubre de 2010

El que quiera divertirse (La Leyenda de los Soles /Homero Aridjis)



La Leyenda de los Soles (1993) es una novela "cósmico-urbana" con tintes ecologistas. Escrita en capítulos más bien cortos, Aridjis nos relata el caos general que reina en la ciudad de México en el 2027. Una ciudad que sufre de abotagamiento humano, por decirlo así, donde la vida es un bien ordinario y de escaso valor.

La trama utiliza como andamiaje la cosmogonía nahuatl y, a través de esta, asistimos a la extinción del “Quinto Sol”, la era de la humanidad como la conocemos. Tras cuatro soles anteriores, el Quinto Sol -sol del movimiento- inicia un ciclo de estabilidad relativa que culminará con grandes terremotos y estallidos volcánicos, así como por la venida de los Tzitzimime, demonios del crépusculo. La creación y destrucción de las distintas eras, son producto de las luchas por su supremacía entre los cuatro hijos del dios-diosa primigenio.

En La Leyenda de los Soles, las luchas por el control político de México entre el Licenciado José Huitzilopochtli Urbina, presidente del país por el PUR (Partido Único de la Revolución), y Carlos Tezcatlipoca, General de las fuerzas armadas, resultarán en el fin de una era.

Juan de Góngora, un joven pintor, es visitado desde el pasado por Cristóbal Cuauhtli, un indio teotihuacano (donde los dioses dieron vida al quinto sol), para encomendarle la recuperación de la hoja del Códice de los soles, donde está estipulada la fecha de extinción del presente ciclo y que ha sido robada por el General Tezcatlipoca, quien “ha nacido y muerto muchas veces”. Con la aparición de Cuauhtli, la Ciudad de México se transforma en una especie de vórtice, donde el pasado, el presente y el futuro, así como el tiempo mitológico y el histórico, se confunden, se explican el uno al otro y divergen hacia “todas las direcciones”.

Juan de Góngora descubre, gracias a Cuauhtli, que posee la capacidad de atravesar las paredes, y junto a él nos adentramos en un viaje “voyeurístico” a la intimidad escatológica y cotidiana de quienes habitan esa ciudad decadente que se autoconsume vertiginosamente. México (la ciudad como centro mítico del mundo) está pronto a ser destruido y en el fondo, a Juan de Góngora le importa un pepino, su único interés, por lo demás estéril es “en los postreros días del mundo, voy a pintar el cuadro de mi vida, el cuadro de mí mismo, la vista del Valle de México. Pintar ese sueño abolido será mi última obra…”

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