
La romería es una peregirnación protagonizada por los romeros o por los romeos (según entiendo Gonzalo de Breceo utilizaba los términos romeo y romero indistintamente). Es decir, los romeros (o romeos) pueden considerarse peregrinos, entendiéndose la asepción sustantiva del término (no así la correspondiente calificativa, aunque obste a los ateos). Como cartaginés (o ex cartaginés, si así lo prefieren)creo tener total autoridad para sucumbir ante ciertos asomos de pertenencia cuando me topo frente a dichas expresiones. Desde niño conocí la implicaciones de vivir en un sitio al que cada 1 de agosto peregrinaba una cantidad importante de sujetos con propósitos tan disímiles como respetables. La amorfa masa de romeros contaba con adeptos que iban desde el caco oportunista hasta los lascivos adolescentes, pasando por las fervorosas monjitas de cuanta orden existe en el país. En un alto grado concensual podríamos coincidir en que la mayoría de los costarricenses ha participado directa o indirectamente en esta celebración. Porque hasta los más troskos y los más hipies han visitado o han pasado cerca de la Basílica de Nuestra Señora de Los Angeles. Algunos, a lo mejor, bebieron agua bendita de la celebérrima pilita. Claro, la memoria suele ser menos escrupulosa que la posteridad, de suerte que tales episodios, muchas veces, han pasado a ocupar marginales espacios en favor de las peroratas de los profesores universitarios. Y sucede, pues, que la abuelita y la mamá y las tías de estos mismos troskos y hipies, cuando peregrinan hasta la Basílica o cuando conservan pomos con agua bendita, empiezan a ser merecedoras de ominosas etiquetas y rudos calificativos extraídos de diccionarios de "sinónimos y antónimos". La típica transmutación del provinciano en universitario que tarda, a lo sumo, semestre y medio. Y vaya si suelen ser mezquinos en sus consideraciones. Se aproximan a la realidad (esa que dfienden a capa y espada cuando discuten con los neoliberales)con el afán de corroborar sus prejuicios y sus ideas preconcebidas. A veces tienen la misma demagogia de los editorialistas del Miami Herald. No les interesa entender la realidad. Cuando el Ministerio de Salud dicta medidas para enfrentar la pandemia apelan a Foucault. Sin embargo, cuando esas medidas implican la suspensión de la romería sienten regocijo y ya no importa el control social ni el panóptico ni la privación del roce de la carne ajena. Antes bien, despotrican contra los clamores de los obispos avaros que no conciben cómo es posible que el ministerio de salud suspenda la celebración del 2 de agosto y a su vez permita que una pelota descontrolada de liguistas orgullosos se meta a su nueva cancha sintética y abrace al Pato López e intercambie fluidos menesterosos en las graderías (entre ellos Billito). Y por otro lado aparecen los católicos fervorosos que se asoman desde una austera hendija para ver cómo estalla el mundo en las calles y cómo se va anulando lentamente toda una mitología de milagros. Resulta simpático recordar que las catástrofes de antaño requerían la intercesión de santos y patronas. No era raro que llevasen imágenes de vírgenes y santos a los sitios donde se desarrollaban las tragedias. O que se invocara su nombre para alejar pestes y enfermedades (Esteban Rodríguez trabajó ampliamente este tema). Un caso de estudio, sin duda. Pero no se puede negar que la medida del ministerio de salud marcó un hito y evidenció esa suerte de mistificación de la razón (del "logos" por el "mythos") de la que habló Gadammer en de Mito y Razón. Aunque la mayoría de los individuos de este país no sepamos un ápice de virología la autoridad de la ministra de salud (saber-poder) deviene incuestionable. Quizás hasta los troskos y los hipies se seducen ante tales acontecimientos y solamente pasa que conmutan a la Negrita por Batman y a este último por Rosa Luxemburgo. Como ex cartaginés agradezco que, por lo menos, cuando vaya a visitar a mis padres este próximo 1 de agosto no me voy a topar con ese habitual y desagradable aroma a cofal que empieza a tornar el aire insoportable desde el Alto de Ochomogo hasta la Puebla de los Pardos.
Nota: Conviene señalar que semanas antes de la suepensión de la romería se había decretado ley seca durante el 1 de agosto. Un duro golpe paro los mitos costarricenses.