jueves, 26 de marzo de 2009

El escritor frustrado y el salero o Ficción Porteña Rebuscada

Viajó nuestro héroe muchos kilómetros lejos de todo lo que le resultaba algo familiar para buscar algo que no tenía claro. Quizá inspiración, quizá una alquiler más barato, quizá una cerveza de mejor sabor o un happy hour a las 11 de la mañana. Fragmento. Como la mayoría de las oraciones que redactaba. Una mierda. Se sentó a la mañana del séptimo día de su periplo a la mesa a tomar su desayuno y se dio cuenta de que ni siquiera había sacado la libreta de apuntes y un lápiz. Sólo andaba la cámara y el pasaporte a mano. Entonces los puso frente a él mientras bajaba un café de 3ra categoría. En eso, miró su salero, allí juntito al plato con el desayuno humeante. Lo miró fijo sin hacer nada, sin pensar nada, sin escribir nada. Vio por la ventana el desfile de las 8 a.m con los automóviles, los pasantes indiferentes y el sol que se escurría por las persianas... Persia pensó... sería insipirador pensó. En ese momento el salero saltó y ensayo una suerte de baile frenético y le dijo: "dejate de joder y mejor ponéle sal a tus huevos que se enfrían; igual allá que aquí, buena falta que te hace". Inmediatamente, se detuvo y quedó de nuevo inmóvil. El escritor frustrado lo movió y le habló pero nada. El salero no hizo mayor cosa. Así, lo tomó por la cintura y lo puso de cabeza sacudiéndolo mientras echaba sal a sus tibios huevos. Tomó su desayuno y anotó unas líneas en su libreta. Seguidamente, guardó la libreta, el lápiz y el salero en su mochila, miró de reojo las persianas y salió a la calle murmurando entre dientes: "salero hijo de puta".

miércoles, 25 de marzo de 2009

De la inseguridad

Se trata, pues, de recordar (habermaseanamente, si se quiere) que el Estado de derecho requiere siempre de una justificación moral, o lo que es igual, que su legitimidad requiere una aceptación generalizada del ordenamiento jurídico. De acuerdo. Los iusnaturalistas, a lo mejor, partirían del hecho de que la ley es debatida, aprobada y promulgada por los órganos constitucionales competentes y de que existe una aspiración normativa a la justicia latiendo en todo ordenamiento jurídico. Pero, como se sugirió antes, el reconocimiento y aceptación de este accionar depende de que se pueda justificar como legítimo aquello que es legal. Y, además, se debe considerar la existencia de una serie de limitaciones estructurales en la aplicación de la justicia a través de la ley. Vamos más allá. El Estado de derecho moderno es un producto inacabado, digamos, una empresa llena de accidentes cuya manifestación, a menudo, puede ser irritante. Es propia de este Estado de derecho su propensión a legitimar un ordenamiento jurídico en circunstancias cambiantes (otra vez Habermas). De ahí se deduce que la voluntad de justicia de la sociedad civil organizada pueda ser una forma de corregir el proceso de aplicación del derecho o de innovar otras alternativas. Pero para que esta “corrección” posea validez (legitimidad) debe considerarse, apenas, como una ruptura simbólica, puesto que, de un modo o de otro, no debe contravenir el ordenamiento jurídico en cuestión. El tortuguismo de los transportistas, las marchas estudiantiles en las que prima una actitud de no violencia, son ejemplos de ello (aunque obste a los fachitas tropicales de nuestro país). Sucede, por otro lado, que muchas veces el ordenamiento jurídico experimenta una suerte de vaciamiento moral. Esto es, que no existe una legitimación procedimental que exprese dicho ordenamiento como algo positivo. Pero más allá de las maquinaciones subrepticias de los noticieros, debo confesar que, desde hace un tiempo, el asunto de la inseguridad ciudadana ha ocupado mi atención de manera, digamos, perturbadora. Ayer vi en canal 7 una nota que me invadió de angustia. Era algo normal, sin embargo. Uno de tantos. Nada más mataron a un hombre de setenta y pico de años para quitarle un revolver 38 y su hermano, otro viejito humilde, fue traslado a un hospital con padecimientos cardiacos debido a la impresión. Nada más. Luego los asomos de rabia y ese rencor ilegitimo del cual se valieron los comics para inventar superhéroes como batman que toman la “justicia” por sus manos. Nadie tiene duda de que la penalización es una venganza legalizada. Nadie tiene duda del deterioro de las condiciones sociales y el desempleo y la ausencia de políticas públicas integrales y que la agresión y que la prisión y los Derechos Humanos y la vaina entera. Nadie lo duda. Pero tampoco las lecturas de Foucault constituyen una vacuna contra el dolor y de nada vale conocer los detalles de la teoría del delito y la nueva psiquiatría. El mundo de la vida está más acá del bien y el mal y está mucho más acá de Foucault. Nunca creí decir esto, así sin más, pero se me hace que el problema es de orden práctico. Ya ha pasado muchísima agua bajo los puentes y algo más peligroso se articula en las esquinas y en los casas burguesas y en las barriadas miserables y en las pulperías y en los bares. Pero se trata también de un asunto de mercado laboral. Se llega a un momento en el que existe una estructura de crimen organizado que, más allá de moralidades o insipientes precauciones, ejerce una fuerza de atracción en el mercado laboral y, ahí sí, la cosa está en verdad jodida. Por otro lado, la rabia generalizada y el rencor y la impunidad pueden conducir a legitimar formas mucho más coercitivas para enfrentar esta atmósfera de inseguridad ciudadana. No sé si valga la pena preocuparse de esto o no. Total, en este país, como bien lo dijo Eduardo, nunca pasa nada. De momento sigamos resucitando el hecatombe memorable del 2001 y sigamos acariciando la breve gloria de derrotar a México (¡Bah!, como si de veras fuéramos rivales de tal estatura…).

miércoles, 18 de marzo de 2009

Prólogo a un libro perdido (a prósito de Endre Ady)


Con cierto nivel de duda pienso que Stanislaw Lem diría que un prólogo es un anuncio que contiene todas las posibilidades. Como el "Fiat Lux" del Génesis. Pensemos, pues, en un prólogo de un algo perdido, lo cual, de un modo o de otro, es un algo imposible. A lo mejor la mediocridad es mucho más que un simple ejercicio de autocontemplación. Quizás pueda tratarse de algo más profundo que la mera conmiseración de sí. Pero una cosa si es cierta: es duro hacer gala de tan degradado oficio. Sobre todo cuando, además, se tiene la ominosa costumbre de escribir malos poemas y malos cuentos (y en el fondo siempre se acaricie la posibilidad de escribir, finalmente, esa mala gran novela). Se me antoja pensar que desde, más o menos, la encrucijada de los 20´s y los 30´s del siglo pasado existe una propensión a equivaler entre sí categorías literarias (por demás, imprecisas) tales como marginalidad, incomprensión... Y tal vez se deba al redescubirmiento de Rimbaud que hicieran los surrealistas (una suerte de mediocridad institucionalizada y teorizada). O quizás al escandaloso "éxito" que aún deambulaba en torno a la mítica figura de la bohemia del siglo XIX. Aunque con certeza podría decir que se relaciona, muy íntimamente, con ciertos resabios del romanticismo. Y pueda ser que, de veras, existía un romanticismo tardío que se manifestaba, digamos, en la sinestésica de Debussy o en el cine de Griffith. Lo cierto es que ese, llamémosle espíritu o humor epocal, persiste en rondar ruinosos parajes. Qué sé yo. Aunque en principio no tenga mucho que ver, reconozco que debo a la escasa regulación de la biblioteca Carlos Monge (allá por el año 2001) el favor de conocer a Endre Addy. Según supe luego, este poeta húngaro murió de sifilis, de nicotina, de vodka y de melancolía. Era lo que comúnmente se conocería como un maldito. Un maldito húngaro que murió también de su amada "Leda". Como ladrón que roba a ladrón tiene no sé cuántos años de perdón quisiera agregar que la antología de poemas que obtuve (robo mediante) fue infamemente canjeada por un volumen de la obra poética de Max Jiménez. A pesar de que se trataba de un canje temporal (si acaso un semana) lo considero un robo, por cuanto nunca volvió a mis manos. Si es posible decir algo de Max Jiménez es que, cuando quería ser poeta deliberadamente, era en verdad un mal poeta (cuando no lo hacía, era un genio). La antología de Endre Addy, escuetamente titulada por algún editor cubano como "Poemas", desapareció de mi poder y quedó en manos de un ridículo energúmeno que reglamentariamente vende collares en el FIA. A Max Jiménez lo releo constantemente. Excepto sus poemas, claro está. Pero de Endre Addy no recuerdo, ni siquiera, una estrofa íntegra. Y como en esos asuntos mi orgullo me impide googlear quisiera evocar su figura en segunda voz, baji-sonante, como dicen. Si no me equivoco (lo cual es mucho suponer) tenía una línea que, más o menos, decía: " ,ni de amigo, ni pariente, ni de amante, no soy de nadie" y otra que decía "yo solo quiero que me quieran". Algo así, por ahí andaba la vaina. Mi amigo Luis Diego (Cache), fiel seguidor del Club Sport Cartaginés, me sugirió, luego de sustraer el libro de Addy y luego de ojearlo (aún recuerdo el asterisco a lápiz que sobresalía en los poemas que más le habían gustado) leer ese poema. Para un par de muchachos veinteañeros, que recién inauguraban ese oficio mustio de rearmarse el corazón adolescente, fue algo maravilloso. El volumen completo lo leí en el café Ti Ama de Cartago. Recuerdo vagamente otro poema suyo que me persigue casi de manera silenciosa hasta la actualidad: Nos precipitamos a la revolución. Un desencantador textito cuyo título aludía al fracaso de la revolución húngara en 1918. La memoria juega malas pasadas, extrañamente el título del texto que mayor impresión provocó en mí lo olvidé. Era bella metáfora del mar como una carta indescifrable. Quizás esa es la más legítima justificación de escribir un prólogo para un libro que perdí. Recordar apenas la huella y no la sandalia. Como soñar con el sabor de ese helado que se te cayó una tarde. O acaso, como si Dios el día del Apocalipsis dijera "Fiat Lux"




A mi amigo Cache

miércoles, 11 de marzo de 2009

Foto sepia


Un textito viejo, dedicado a Billy y Lau en aquel momento (no llores por mi Argentina) y que ahora extiendo al resto de hijueputas, ellos saben quienes son. Sí, vos también marito.
Está cursi, como eramos hace 9 u 8 años

“y ¿cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?”
Joaquín Sabina

A nosotros nos gustan los bares con la luz baja y la música a temperatura ambiente, la cerveza fría, el vino tibio. En las mesas y de noche recibimos los días, las semanas y los meses, así el tiempo pasa cacheteándonos a ratos, sobándonos las cabezas la mayoría y no somos felices, pero casi.
Nos reunimos porque reunidos estamos más a gusto, la soledad se posterga, se cuelga como un abrigo en el respaldo de la silla, la compañía emula y supera el milagro de los panes y los peces, las actas y la comunión se escriben en servilletas de papel asegurando la fácil destrucción del documento y nada nunca es oficial.
Exhumamos recuerdos y los exponemos en la mesa para el regocijo y tragicomedia de los demás, nos enviamos cartas y tratados de una silla a otra, las novias quieren a sus novios y a los que se les parecen y los novios hacen lo propio, todo es tan sensual y cierto porque claro, procuramos creernos todo lo que decimos (al fin y al cabo sabemos que en los principios de siglo todo es mentira).
El porvenir es un puerto perdido, un mapa falso, un horizonte en el horizonte, época que no le compete a los mortales ni a sus descendientes. Por eso nosotros invertimos en minutos sin futuro que duran tan poco y saben tan rico, por eso preguntamos preguntas sin respuesta, le pedimos peras al olmo y fuego a la madrugada, por eso los lacrimales son un lujo y el tabaco nos alcanza para reafirmarnos, con un pie en el suelo y el otro en distintas comarcas, en la burbuja de ozono y sus caravanas de luto por un muerto que insisten en resucitar.
A los veintitantos (sin un pelo de tonto y un par de canas) cuando morirse es un decir, el tiempo tiene tiempo para dar y San Pedro a cambio de unos billetes nos alquila las llaves de un paraíso lisiado y artificial, al que los dioses bajan anónimos y discretos a beber de las manos de las meseras y donde los ídolos y las estatuas (pobrecitos), que no pueden espantarse las moscas ni las palomas, son los eternamente condenados.
Los amigos, entrañables hijos de puta (decía el último de los Buendía), herederos de todas las luciérnagas y algún que otro duelito. La neblina se posa en la cúpula de la iglesia. Las calles se alargan al infinito succionando las luces de los autos. Los taxis emigran hacia todos los puntos cardinales. Los semáforos con tres ojeras nos guiñan su terna de ojos. Las hospitalarias piernas de Pamela, piernas de mujer y, el ombligo de algún extraño mundo tatuándose, sin disimulo, en mi barriguita.
¿Fuego?

jueves, 26 de febrero de 2009

Palabras sueltas (lenguaje y poesía)



“Vida y otras cuestiones…
¿acaso la ronda de nunca y de siempre
sea que percibo o que sueño las sombras
que animan el mundo latente?”
Silvio Rodriguez

Una imagen poética sin duda.
Este Quino, más allá de la sonrisita ladeada, más allá del desconcierto, de la angustia, la nostalgia o el terror que nos pueda provocar, nos remite al reino de lo imposible, no de lo absurdo que sería más fácil irse por ese trecho; lo que le da fuerza dramática, por llamarlo de alguna forma, es que estamos ante un imposible que con absoluta gravedad (por eso también mueve a risa) está siendo puesto en entredicho.
Uno puede pensar que el tipo este del bombín es un desquiciado, que es un charlatán, un alienado o simplemente un pobre diablo. Nada de eso importa: hay un hombre esperando, largando los ojos al horizonte con la esperanza de atisbar al menos el humo de eso que espera, que supone que se acerca, es decir, lo imposible está en entredicho. Pues eso, o algo muy parecido es la poesía.
Desequilibrando el lenguaje, que ya sabemos no alcanza para aprehender “lo real”, es decir, no alcanza para hacer que pase el tren, aunque sea la herramienta más eficaz que ha producido el hombre por su sofisticada capacidad de abstracción (por eso hablo de poesía y no de pintura o música cuyos lenguajes usan otros vehículos más tortuosos aunque no menos bellos,) para tales afanes; desequilibrando el lenguaje, mutándolo, equivocándolo, es como la poesía se aproxima a lo que sentimos, nos aproxima más y mejor a lo que sentimos (Ojo que estos sentimientos también pueden ser falsos digamos en sus causas, no así en su manifestación, pero no estamos haciendo psicoanálisis)
Nietzche, que era un señor que siempre tenía fiebre, sitúa el origen del lenguaje en el instinto, ya que supone que a todo pensamiento debe necesariamente precederle un lenguaje que lo permita. Entonces el germen de los lenguajes tendría un disparador “inconciente”, no racional, la razón es posterior al lenguaje. Pues bien, es en el universo de lo irracional donde hacen su órbita los sentimientos y es ahí donde sólo pueden darnos mentiras las palabras que se usan para las necesidades inmediatas: pedir un paquete de Derby al pulpero o demostrar que Costa Rica fue un sueño teórico de los liberales de fines del XIX y principios del XX o apuntar que la poesía es la vara más larga que tiene el lenguaje para acercarnos a expresar la posibilidad de lo imposible (los sentimientos y su realidad).
Pareciera que estoy haciendo una división entre un lenguaje poético y otro digamos común, pero la intención no es esa, al fin y al cabo los dos se construyen con palabras y son aguas de una misma pajilla. Por otro lado la poesía no es un asunto de iniciados ¡no hay seres más ordinarios que los poetas! Cuando Federico dice que las palabras están condenadas a mentirnos, la “mentira” es una categoría extramoral que para nada vicia las utilidades del lenguaje para la vida cotidiana, la educación, en fin la comunicación. Lo que sí creo es que en la poesía se logra una comunicación o conversación interna, a veces desde la alucinación y lo abigarrado, a veces desde lo diáfano y calmo. Los poetas propician eso en la humanidad y ese es su valor, no es una comunicación entre poeta y lector, que no es que sea imposible sino ingenuo esperar que suceda, sino una comunicación de la persona enfrentada al poema consigo misma y más aún con el lenguaje que le posibilita la vida, porque el poeta, después de escritos, también se somete a sus poemas.
Se ha dicho que ya todo está escrito. Borges tiene contabilizadas una docena de metáforas “esenciales” desde las que se dan una cantidad limitada de variaciones, lo demás, dice, pueden ser hallazgos meramente asombrosos, pero el asombro sólo dura un instante. Sin embargo yo creo que un instante ya es bastante. El lenguaje como máquina tendrá un funcionamiento básico, pero los sentires, que son historia y capricho, no.
A un amigo mío le gusta mucho una canción de Silvio Rodriguez que dice:

Los caldeos, los asirios, la Roma del poder
Supieron resumir mejor;
Los helenos, los egipcios, los hijos de Israel,
Ya estaban conversando del amor…

Después se pregunta Silvio: “¿Qué te podría decir desde hoy?”; yo no sé que le podría decir desde hoy a la muchacha, lo cierto es que el fulano, a pesar de esa duda retórica, escribe la canción.
Pues bien, ese es el imposible al que aspira la poesía: ¿Cómo le digo a esta mujer que la amo sin que suene nada más como que la amo? ¿Cómo mandar a la remierda a los Oscar Arias, sin que suene como que simplemente los estoy mandando a la remierda? Es decir, no es cierto que sintamos como se sintió hace cuatro mil años o dos mil años, no es cierto que sintamos como siente el vecino; pero el lenguaje no nos permite la particularidad, a menos que hagamos aburridísimos arabescos teóricos, o pongamos una nota al pie de cada palabra, y al carajo la abstracción del lenguaje y aún así, no podríamos decir lo que queremos decir.
Bueno, esa es precisamente la imposibilidad que con la poesía se pone en entredicho, a través del lenguaje quiere salirse de él. La poesía: ese tren que no pasa, que quizá nunca pase, que no va a pasar; ese tipo esperando, con su maletita llena de cosas que intuimos.

miércoles, 25 de febrero de 2009

DESVÍO


Cuando al frente de la casa de Juan construyeron una carretera, sus amigos que no eran muchos pero eran buenos pasaron a ser los niños que vivían al otro lado. Doscientos vehículos por minuto transitaban por el negro pavimento, un día Juan dejó escapar intencionalmente la pelota a ver si llegaba al otro lado, pero una reacción de niño lo hizo seguirla. Doña Esmeralda que es muy altiva y con buena plata, estrenó para su cumpleaños un flamante carro del año, la intención de fondo era tener un doble tracción para ver más frecuentemente a Joaquinita, compañera infatigable de sus años de juventud, quien había optado por la vida reposada del campo, a la vez que Esmeralda casaba con un gordo de apellido altisonante y la billetera repleta, ella decía que había que progresar, a Joaquina no la vio más. El día en que el MOPT inauguró el puente sobre la interamericana para evitar que tanta gente muriera tratando de cruzar al otro lado, a las dos horas un terrible infortunio aconteció: Elías, un señor trabajador lo usó de plataforma al más allá, según se podía leer en una carta pringoteada de sangre que llevaba en el bolsillo, no soportaba más vivir sin Joaquina. Mil años estuvieron casados, pero un muro creció en medio de la sala y poco a poco se hicieron irreconocibles, terminó por marchar a la ciudad, después de muchos años de buscarla en los fondos de los vasos, se convenció de que se volverían a encontrar en el cielo, rezó dos padres nuestros, le pidió perdón a la virgencita y listo.

El gran día llegó, no para todo el mundo sino en su corazón, un violento acceso de sentimientos la había tenido llorando tres días, Francisco que se dedicaba a amasar capital pocas veces pasaba mas de dos días seguidos en casa, se sospechaba que tenía otra pero vivía muy lejos y eso le daba problemas gástricos. Los días que Esmeralda estuvo en crisis el no puso un pie en casa, así después de tanto dolor una esperanza le paró en seco el llanto, recordó la intención primera del carro y se dispuso a volver a los brazos fuertes y amorosos de Joaquina. Estrenó mudada, pasó por el salón, compró tres cajas de galletas y dos de bombones. Se verían. Eran las dos de la tarde, Juan estaba harto de la soledad de los juguetes y lanzó la bola, cambió de parecer y decidió llevarla personalmente, su mamá hacía plátanos maduros y la olla de frijoles escupía ráfagas de humo blanco. Doña Esmeralda dudó un segundo y llamó a Francisco. No volvería. Volteó levemente a tomar el teléfono y cuando puso la mirada en la calle la trompa del carro devoraba a un niñito con una pelota. Juan sonreía por que al frente estaba José, que saltaba frenéticamente al verlo venir. El auto volcó y la elegante cabeza de Doña Esmeralda ya no pensaría más.

C. A. Fallas

Dic. 28, 2007


viernes, 20 de febrero de 2009

Cuento de la piña

Planta exótica, vivaz, de la familia de las Bromeliáceas, que crece hasta unos siete decímetros de altura, con hojas glaucas, ensiformes, rígidas, de bordes espinosos y rematados en punta muy aguda; flores de color morado y fruto grande en forma de piña, carnoso, amarillento, muy fragante, suculento y terminado por un penacho de hojas.

Eso se dice de la piña, ganas de poner las cosas en complicado. Un sucio indio guaraní, tuesta sus espaldas al sol obteniendo un fruto extraño de la tierra. El comendandor, puto portugués venido a más a pesar de ser muy menos, con el brazo sano y bien alimentado, receta con buen garrote americano unos cuantos golpes a la espalda encorvada. El indio con gesto de odio y ojos resignados alza la mirada hacia el muy vestido europeito subdesarrollado. Con aire de superioridad, el blanco extiende su mano hacia el indio, y este le alarga un fruto espinoso por encima y por los lados; si no se tiene cuidado.
-nanás!
-nanás!
El dulce fruto regresa a las manos del entendido, quien con sus dedos carnosos y uñas garrosas, desbarata la circunferencia dejando ver un obsceno amarillo encendido en su vientre, sin dudarlo, clava sus hambrientos dientes en el fruto delicioso y un jugo dorado al sol, se derrama por las comisuras de sus labios, unos chorritos que pronto se pondrán más oscuros, más costrosos.

Devuelto el fruto a su dueño, la casa amplia y fresca lo espera. Con una esclava caliente pero nunca dispuesta. Con un don de mando venido del mismísimo infierno, en Italia, abre la puerta. Con gestos y articulando despacio en un sucio idioma del otro lado del mar, da órdenes precisas de que desagarren completamente aquel bien de la tierra, y lo sirvan a sus hijas. Tan vírgenes. Tan putas. Tan blancas. Tan como siempre.
-Qué es esto padre
-Nanás
-nanás?
El gesto de estupidez recién importado no comprende la totalidad.
-Nanás por la gran puta.
-Ah nanás!
Los portugueses le dicen a la piña ananás. Cosas de complicarlo todo en la vida.
Febrero 2009

jueves, 5 de febrero de 2009

¿Un típico latinoamericano?


Se me ocurre que el fatalismo es una licencia que nos atribuimos los pequeños burgueses a fin de reivindicar el prístino ejercicio de la no elección. O quizás no. Quizás es una legítima condición de la mojigatería. Se dijera, en todo caso, que no podría existir autoridad moral capaz de imputarle a un sujeto, de esos bien empunchados, el tomar las cosas por los cuernos y esperar que todo salga bien. Aunque no haya mucho sentido en tal faena es preciso reconocer que hay una considerable cantidad de ropa lavada entre hoy y ayer. Y la repostería fresca apenas y se cuece en los eslóganes y en los falsos profetas que pescan celajes sintéticos bajo los arroyos. Si fuera 10 años más joven que feliz (como la canción…), tal vez trataría de resucitar efigies de héroes estampados en camisas ya en desuso. O tal vez pensaría que los Fabulsos Cadillac no son una manga de faquires porteños cuyo ascetismo consiste en convertir un clásico del ska en cumbia o en hacer canciones del Che para los desempleados del mundo. Y dejaría de lado opiniones serias y aceptaría que soy un inconfundible latinoamericano que se muere de melancolía y modernidad. A lo mejor sería uno de esos típicos sujetos tercermundistas que aprendieron a rasgar una guitarra con claros, aunque porfiados, propósitos seductores. Quizás por alguna chavalita del colegio o por la vecina que usaba minifalda. O acaso por una presunta afición rockera, la cual, degeneraría en un fastidio insoportable toda vez que se asegurara que Caifanes era la mejor banda de rock en español. Porque el rock en español no existiría más que como una curiosidad histórica que se llenó de la nostalgia rabiosa de los ochentas. Y Caifanes podría ser una banda cuyo mayor mérito consistía en poner a Robert Smith al lado de un mariachi. Ser un típico latinoamericano que seguía creyendo en las películas del Santo y en un póster de Pancho Villa y también en Ian Curtis y en Lou Reed. Y ver películas de Cantinflas los domingos y morir de risa con Trespatines. O creer, además, que algún día escribirías en la Rolling Stones cosas similares a las que escribió Hunter Thompsom y que Allan Gingzber aún caminaba por las calles de New York. Peor aún (o quizás no): ser de esa otra variedad de latinoamericano con mayores rentas para la obsolescencia y tener todos los discos de Silvio Rodríguez y todos los antipoemas de Nicanor Parra. Y acaso justificar tus impúdicas aficiones silbando temas de Joaquín Sabina o de Albert Pla. Estremecerse cuando Hugo Chávez y Rafael Correa cantan de tu querida presencia, Comandante Che Guevara y defender los años en que bebías cerveza fiada. Ser un típico latinoamericano que olvida su vocación fatalista con un par de tragos y que recibe noticias de un mundo on-line sin saber muy bien como se pronuncia la palabra squirrel (no se vale preguntarle a Dios, o a google). Apenas eso pasa por tu mente cuando te ponés a pensar en tener diez años menos que felicidad y en ser poco más que un típico latinoamericano vio a su padre cantar canciones de Julio Jaramillo. Así vale la pena ser fatalista, aunque sea como mera extravagancia de pequeño burgués casi universitario. El subdesarrollo es una especie de coma espiritual inducido por quienes realizan los inventarios de la omisión. En una ridícula tentativa por entrar al lobby de tu tiempo estarías un día pronunciando un pésimo inglés y mencionando canciones cajoneras. Mientras las figuras de esos otros héroes se solazan en la más brutal masificación y los empuchados de otrora leen a Benedetti y buscan canciones de Pablo Milanés y de Jaguares en youtube para enviárselas a sus novias. Te verías tragándote cualquier deseo de reprocharle a Ricardo Monatner por que tu mundo online es un laissez faire laissez passer con una moda que casi no condena. Y ya no importan nada las disputas entre liberacionistas y mariachis.

martes, 6 de enero de 2009

El Malacrianza, la invasión a Gaza y el sentido común.


Como cualquier hijo de vecino disfrute la sonada aparición del famoso toro en la última corrida de Zapote, misma que fue anunciada con bombos y platillos por canal 7, la televisora encargada de tan importante cobertura. Los toros serán muy bonitos, habrá quiénes le van al toro y quiénes le van a los “toreros” en todo caso también hay gente que no le va ninguno de los dos, cosa de gustos.

Mientras por acá pareciera que la tauromaquia gobernaba el interés nacional, Israel llevaba a cabo ataques aéreos y finalmente la invasión terrestre en la franja de Gaza. Las cifras siempre alarmantes, apuntan hacia una masacre de palestinos, en donde los civiles son la mayoría, de estos los niños y niñas suman ya más de cien. Independientemente de los criterios políticos con los que se quiera evaluar dicha situación, la muerte de inocentes nunca debería ser un objetivo militar, sin embargo en este caso así lo es. La infraestructura estatal Palestina ha sido demolida sin consideración alguna, estuviese quién estuviese adentro, así como fueron bombardeadas dos escuelas de las Naciones Unidas que hacían las veces de refugio para los ya refugiados en la estrecha Franja de Gaza, en donde se vivía antes de la guerra, en una situación de pobreza y hambre extrema, producto del bloqueo practicado por Israel. Sin agua, sin electricidad y sin comida, enfrentan la violencia de la invasión israelí.

Mientras todo esto sucedía y sigue sucediendo, el mundo en su mayor parte indignado, busca una solución ante la desoladora situación, por su parte Israel señala que no existe crisis humanitaria. Varias ciudades del mundo levantaron sus voces, en un intento de afirmar que la matanza de civiles no está bien. El primer lunes del año amaneció gris para el millón y medio de habitantes palestinos de la franja. Pero no es que esté utilizando un recurso retórico, las columnas de humo, polvo y ceniza hacían gris el horizonte.

Pero volviendo al tema taurino, gracias a Dios y a la objetividad informativa de canal 7, ese mismo lunes tuvimos una amplísima cobertura de la participación del Malacrianza en el ruedo, así como de los toros más toros, y los siete más intrépidos y que se yo que más. No tengo problema en absoluto con el tema de las fiestas, la cosa es que hemos llegado al colmo con las noticias televisivas en general. No es posible que las dos terceras partes del noticiario se dedicaran al refrito de fin de año y al fútbol, y la situación en Medio Oriente fuera un flashazo de diez segundos. Es hora que se deje de promover la estupidez y la mediocridad, y reclamemos el derecho a información relevante y funcional.